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lunes, 5 de enero de 2009

PESCANDO EN EL MAR DESDE ROCA



Pescando "viejas" en El Confital, en Las Palmas de Gran Canaria.














En Canarias, “las viejas” son las reinas de la pesca desde roca.


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Texto y fotos: Eduardo García Carmona.
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Eran las ocho de la mañana cuando Daniel González Armas, conocido pescador canario, me recogía en mí domicilio de Las Palmas de Gran Canaria, tal y como habíamos quedado, para ir en busca de uno de los peces más cotizados en todo el archipiélago: la vieja.
El día se presentaba con cielo cubierto, aunque con temperatura muy agradable, 23º. Soplaba una ligera brisa que, más tarde, a la orilla del mar era más acentuada, de mar hacia tierra, sin resultar molesta para la pesca.
El lugar estaba elegido por nuestro protagonista: “La Punta”, en la zona franca del puerto de La Luz, de la capital Gran Canaria, a un lado de la Isleta. La zona está totalmente desconocida, para nuestro protagonista, respecto a no hace más de 10 años cuando, a la derecha de este pescadero de orilla, se encontraba la antigua “factoría”. Por este nombre conocían los lugareños y pescadores a la antigua fábrica de conservas de pescado, hoy desaparecida.
Algunas de las pequeñas ondulaciones de tierra, existentes en el lugar, han desaparecido, otras y merced al sonido de las explosiones controladas y el trajineo de camiones pasando de un lado a otro, con o sin carga de tierra en sus volquetes, están siendo agredidas para que sus resecas entrañas de tierra, piedras y azufre, sean depositadas a un lado de la antigua factoría, ganando metros, muchos metros al Atlántico. Afortunadamente, nuestro enclave pesquero está intacto, por el momento.
Llegamos. Estamos solos. Elegimos lo mejor para el lance y comenzamos los preparativos de una jornada de pesca en el mar que, para mí, es la primera desde orilla.


LOS PREPARATIVOS.


Este tipo de pesca con caña desde tierra en el mar, necesita mucha preparación. Todo comenzó el día anterior con la búsqueda del cebo y el engodo o alimento preparatorio para pescar “la vieja”.
Para engodar la zona de pesca, es necesario recoger unos pocos kilos de “oricios”, que dicen los asturianos, erizos de mar para ser más correctos. Además, hay que coger el cebo para la pesca. Se trata de cangrejillos de mar que, vivos, se incorporan pinchados por un ojo al anzuelo.
Hacerse con erizos de mar y cangrejillos es otra historia. Hay que ir hasta la localidad de Bañaderos y con la mar baja pisar las piedras, moverlas y coger a mano los cangrejillos. Toda una aventura. Hay que ver como corren estos diminutos seres cuando se invade su zona de vida.
Mientras Dani coge media docena de cangrejillos, yo tengo uno y de casualidad. Todos se me escapan. Miro, observo y detecto la técnica del nativo. Hay que ponerles, velozmente, la mano o los dedos encima, para después de inmovilizar al animal llevarlo al recipiente. No es nada fácil, pero nada de nada. Claro, para él resulta menos complicado.
Tenemos el cebo favorito de “las viejas”, los pequeños cangrejos. Ahora sólo nos falta el engodo: los erizos de mar.
Hay que cogerlos pero, ¿cómo y dónde? Entre las piedras hemos visto un par de ellos. Son pocos. Hay que ponerse el neopreno, las aletas, las gafas y el tubo bucear. Quien bucea es Dani, experto en estas lides. Yo, como mucho, bucear, bucear…en la piscina. Así que, observo y tras varias inmersiones, a pulmón, el señor Armas me muestra su bolsa con erizos de mar. Ya tenemos casi todo.
Los erizos y los cangrejos los llevamos en dos recipientes diferentes y el olor a mar, de las primeras horas, al día siguiente se convierte en un olor nada agradable. No, no estaban muertos. Ocurre que el agua de mar, unido a los excrementos de crustáceos y erizos hace posible que el olor se convierta en insoportable. Corregido este extremo gracias, otra vez, al agua de mar, todo volvió a ser normal.


CAÑAS, CEBO Y ENGODO.


Daniel González Armas, cuidadosamente, con mimo, va sacando de su funda las dos cañas para pescar las “viejas”. Se trata de una ceremonia o ritual habitual en todos los pescadores, sean de mar o río. Cañas, carretes, hilos, anzuelos…son las herramientas imprescindibles.
El flotador a poner es especial, made in Dani. Los plomos, ídem. Las dos cosas son preparadas, de forma artesanal y son fruto de años de experiencia.El flotador está realizado con neopreno de diferentes colores, cuidadosamente trabajado a base de cuchillas y lijas. El orificio central, por donde deberá pasar el sedal, tendrá un cierre sacado de la fibra central de una caña de bambú.

Los plomos, son recortados de una pieza mayor y hechos a gusto del pescador, con diferentes tamaños. Son metidos en una caja, junto con polvos de talco.
El sedal, es hilo del 35, suficiente para aguantar la embestida de piezas superiores a los 2 kilos. El anzuelo, a gusto de pescador, pero de buen tamaño y calidad de acero. El bajo de línea y hasta la atadura del anzuelo, se complementa con un recubrimiento de hilo trenzado, para reforzar la zona. La “vieja” tiene una dentadura de envergadura, con dientes muy afilados que podrían romper el sedal.
El carrete a utilizar es uno convencional, como los que se utilizan en la pesca de río o pantano. Se trata de un carrete de lance con cinco cojinetes.
La caña es de carbono, con cinco metros de longitud, algo pesada para mí, acostumbrado al lance ligero, en río, y mosca seca con cañas de carbono, que no pasan de los cinco pies.
Ahora sí. Todo está listo. Sólo faltan los peces.


LA PESCA.

Para llegar al lugar elegido: La Punta, hay que atravesar una zona rocosa baja, donde el agua nos salpica al pasar. La marea está subiendo, poco a poco. La roca donde nos aposentamos está unos metros más alta. El mar rompe en su frontal, creando cortinas de agua-espuma de un blanco resplandeciente. Las olas caminan a un lado y otro de La Punta. El sonido se hace sinfonía agradable, en un lugar recogido donde, a mar abierto se puede observar “El Roque de Ceniciento”, un promontorio que se hace isla, frente a La Punta. Por medio, agua de un azul cielo, hermoso, y olas con crestas blanquecinas. Comenta Dani que, entre el Roque de Ceniciento y La Punta, existen varios buques y barcos hundidos, fruto de tempestades y choques con las rocas.
Ya estamos los dos situados y en posición. Unimos al anzuelo el cebo, el cangrejillo vivo. Se lanza el engodo sobre la zona de pesca, tras un machacado de erizos, en plena roca. Y…¡a pescar la vieja!.
Lo de pescar, pescar, será para otra ocasión, porque ni especialista, ni redactor pudieron sacar ni un sólo pez. No estaban por la labor y por ello, tras tres horas intentándolo, desistimos. Ni una sola picada pese a los infinitos lances realizados. El mar bravo, con olas fuertes, fue la disculpa, por lo que para poder contarles algo sobre la pesca de este pez, debimos quedar con Daniel para otro día.


CARACTERÍSTICAS DE LA VIEJA.

La vieja es un pez de la familia Scaridae, conocida, científicamente, como Sparisoma cretense, vulgarmente llamada: vieja, vieja colorada, vieja parda, vieja melada y vieja lora.
Se trata de un pez que, un año es hembra, y su coloración es anaranjado-rojizo, con manchas amarillas o blanquecinas, en ocasiones, y al año siguiente es macho, adoptando un color grisáceo-pardo. Al menos así lo apuntan los lugareños. Es abundante en todas las islas del archipiélago canario pero, especialmente, en la isla de Fuerteventura. Se encuentra, principalmente a menos de 50 metros de profundidad, en fondos rocosos y rocosos arenosos con algas.
El tamaño es variable, aunque adquieren mayor dimensión y peso en su año como macho, que cuando son hembras. No es difícil encontrar ejemplares mayores de dos kilos de peso, aunque lo normal es que el peso oscile entre los 400 y 800 gramos.
Cuando “la vieja” toma el engaño y se traba en el anzuelo es brava, muy brava. Da enormes sacudidas y tira hacia la profundidad de las aguas. No es de extrañar que la caña de pescar se curve totalmente, por lo que el carrete deberá tener un buen freno, aunque no es conveniente tenerlo demasiado fuerte. Estando algo flojo, se disfrutará más de la pesca de este pez que posee dientes muy afilados, por lo que deberemos tener mucho cuidado que no nos rompa el sedal, aunque sea del número 35.
Este pez suele atacar el señuelo varias veces. Primero, tantea arrancando alguna pata al cangrejillo. Después, puede repetir acción. Por fin, ataca con fiereza el señuelo, siendo el momento ideal para dar el cachetazo y trabar por la boca.
Es, precisamente, la boca de este pez la que reúne unas características muy peculiares. Posee una dentadura similar a la de los humanos. Además, en la garganta posee un tipo de triturador, para que el alimento sea digerido, tras ser molido antes con una especie de muelas situadas: dos de ellas, en la parte superior de la garganta y otra en la inferior.
Quizás, por el parecido que tiene la dentadura de este pez, con la humana, tenga el nombre de “vieja”.
Las escamas, son duras y de unas dimensiones considerables, dependiendo del tamaño de la pieza. Es probable, si no se tiene cuidado, que el pescador inexperto resulte con alguna cortadura, en sus manos, a causa de las escamas, o bien con una dentellada, en el momento de quitar el anzuelo.


DOS JORNADAS DE PESCA BIEN DISTINTAS.


Como en la primera jornada de pesca el número de capturas brilló por su ausencia, debimos programar una segunda y en el mismo lugar.
Las malas condiciones climáticas de la primera jornada, con mareas poco aconsejables para pescar “la vieja”, dieron al traste con las ilusiones iniciales. El bolo conseguido por nuestro especialista en este tipo de pesca y de quien se lo relata, hicieron posible que la segunda elección fuese a conciencia.
La mar no estaba tan brava como la primera vez. La pleamar y bajamar, aunque no eran idóneas para pescar, tampoco eran malas. Era mediodía. El agua sacudía las rocas creando una sinfonía musical delicada y distinta a la primera jornada donde, el choque agresivo del agua con las rocas, retumbaba en la zona. La brisa era, prácticamente, nula. El sol lucía en todo lo alto, haciendo que la transparencia del agua fuese total. Divisábamos las rocas más ocultas en la profundidad y cada vez que se lanzaba el engodo, se veían muchos peces, de diferentes familias, prestos para comer.
Tras varios lances sin fortuna y más de una hora de pesca desde las rocas de La Punta, llegó el primer tirón. Tubo que tirar “la vieja” del engaño existente en la caña inexperta: la mía. Al pez no le pude trabar pero, del tirón que le metí a la caña, mejor que no se hubiese enganchado, porque le hubiese arrancado la dentadura. La emoción estaba creciendo.
Dani, continuaba engodando la zona y dándome instrucciones de dónde tenía que lanzar. Él, estaba convencido de que los peces llegarían y entrarían mejor al señuelo.
Llevábamos más de dos horas cuando…¡zás! Allí estaba la primera pieza. No me dio tiempo ni a sacar la foto. Nuestro especialista había conseguido sacar, hasta la roca, la primera “vieja”. No era de gran tamaño, más bien terciada, pero interesante.
De color anaranjado oscuro, la pieza tenía una belleza sutil. De lo fea que era, con aquellos dientes y unos ojos que parecían que iban a estallar, hasta parecía hermosa. Ya conocía, personalmente, a la primera “vieja” de mi vida. No la había pescado yo, pero no importaba.
Hicimos un alto para comer el bocadillo, con una cervecita y otra vez a nuestra posición en la roca. Frente a nosotros y a la espalda, varios pescadores más practicaban la misma pesca, en la zona conocida como El Confital. Ninguno había conseguido trofeo.
Tras dos primeros lances, llegó un tercero y…¡zás!, otra vieja había entrado al engaño de Dani. Esta era mejor. Casi un kilo dio en la báscula. Después, una tercera pieza y una cuarta…Las piezas las mantuvimos vivas, en una pequeña piscina que las olas del mar habían dejado sobre las rocas.
A las 16,30 horas dejamos de pescar y no me pude estrenar. El bolo me persigue en el mar y es que, para un pescador de agua dulce, el mar es muy distinto.
La pesca de la trucha en nada se parece a este tipo de pesca en el mar y menos si se practica el lance a cola de rata. La situación es distinta. Mientras en el río el pescador ha de ir a buscar al pez bajo las salgueras, tras una roca, a la salida de una corriente, en una chorrera o en un remanso, en el mar, el pez busca al pescador, por lo que si la pez no aparece, el tedio y cansancio de estar en una misma postura puede terminar minando nuestro aguante. No quiero decir que la pesca en el mar, desde roca, sea aburrida, si no que, para un pescador de mosca seca, poco o nada tiene que ver con la de río.