Embalse de Cernadilla en el río Tera (Zamora)
Truchas de campeonato en una eclosión de hormigas que jamás había visto
En la llegada nos saludaron las perdices y en la vuelta, una maravillosa puesta de sol
La única pintona conseguida dio en báscula justo, 1,5 kilogramos y medía 55 centímetros
Texto y fotos: Eduardo García Carmona
Había oído y leído sobre el embalse de Valparaíso, justo por debajo de Cernadilla, pero no de éste. La sorpresa ha sido mayúscula por el abundante número de ejemplares de trucha común que he podido ver, aunque no capturar.
La jornada de pesca, en embarcación, comenzó con el inicio del día. Eran las 6,30 de la madrugada cuando el dueño de la embarcación, mi amigo Julio, leonés de Montejos del Camino, me recogía en su todo terreno. La invitación era para pasar una jornada de pesca en un embalse, para mí totalmente desconocido: Cernadilla.
Con sueño, aún, pero con ansia de pesca, partíamos de tierras leonesas camino de terruños cervantinos, pues así se dice de Sanabria, como tierra de nacencia del genio español de las letras, Don Miguel de Cervantes Saavedra.
Por el camino se iban quedando pueblos pequeños, a un lado y otro de la carretera, también ciudades como Benavente. La primera y única parada en Mombuey, localidad conocida en todo el país, más por un affaire político, que por sus enormes cualidades y atención hacia las personas que llegan de todas las partes de Europa para hacer un alto en su camino hacia Portugal o Galicia, en la ida de vacaciones, y en la vuelta hacia Francia, Bélgica o Alemania.
Gasolina para el motor de la embarcación y un café caliente para despejar la mente y alegrar el cuerpo en la madrugada, se hacían imprescindibles camino de Cernadilla. Habíamos dejado la autovía que, desde León nos acercaba al destino. Ahora era la carretera nacional, de siempre, camino hacia tierras gallegas, la que nos acogía camino de las aguas del río Tera bajando de Sanabria.
UN RARO DÍA DE VERANO
Era un día de verano auténtico, y curiosamente la jornada, desde que amaneció, estaba marcada por el frío matinal, no sobrepasamos los 10 grados e, incluso, a pie de pantano existía un manto de rocío, como si hubiese helado.
El cielo totalmente raso. Ni una nube salió a saludarnos, aunque una pareja de “patirrojas” alzó el vuelo al paso del todo terreno, buscando un lugar donde desembarcar y embarcar. Esta es la primera acción para acudir a pescar a un embalse porque, el remolque con la embarcación, ha de situarse, prácticamente, dentro del agua. Si el terreno es fangoso se corre el peligro de atollarse y de no poder salir después. Hay que buscar zona pedregosa, pero que, a la vez, sea accesible para el remolque. No la encontrábamos y, tras una llamada telefónica, supimos hacia donde dirigirnos. La llamada no podía ser a otra persona que a un ilustre pescador leonés, Roberto Morán, quien nos había servido de guía en el reportaje que realizamos sobre el embalse de Riaño.

Preparar la barca para poder salir a pescar se convierte en toda una aventura. Los preparativos se prolongan durante bastante tiempo. Hay que sujetar la embarcación para, a golpe de manivela, bajarla hasta el agua. Antes hay que ir quitando los puntos de sujeción en el remolque, colocar amarras en la orilla y preparar los equipos de pesca, además de comida y bebida para toda la jornada.
NAVEGANDO EN BUSCA DE PINTONAS
A las 10,15 horas partíamos de orilla. Nada más comenzar a alejarnos comenzamos los preparativos para pescar al currican, modalidad que nunca había practicado. Una cucharilla Edu del nº 3, y un Rapala fueron los cebos.
La sonda indicaba peces a partir de los 10 y 12 metros de profundidad. Había que bajar la velocidad, por lo que se comenzó a utilizar el motor de apoyo, con menor cilindrada, navegando entre 1,5 y 2 nudos de velocidad. Las profundidades, por la zona central del embalse, por cierto bastante bajo de caudal, oscilaban entre los 32 metros, próximos a la presa y los 10, e incluso menos, en la cola del pantano.
Cuanto más nos alejábamos de pie de presa, menos peces nos indicaba la sonda. Cada vez menos y menos hasta convertirse la pesca en aburrimiento. Las dos cañas montadas, con un cascabel indicador, no hacían que estos sonasen.
Pasaban las horas y, a velocidad corta con el motor auxiliar funcionando y marcando entre 1,5 y 2 nudos, el tedio podía con nosotros. El currican no estaba dando frutos. Optamos por pescar la orilla, desde la barca, por lo que montamos caña de lance ligero con un Rapala, imitación de un pez. Personalmente tengo que apuntar que nunca había pescado de esta forma, salvo en Riaño donde el método de pesca en toda la jornada había sido de orilla, pero con estreamers y caña de mosca seca.
Después de lanzar a diestro y siniestro, con tiradas hacia las playas, pero especialmente en zonas pedregosas, haciendo paralelos y perpendiculares, sólo una amable “pintona” nos sacó del sopor y el cansancio. Le tocó a Julio y la adrenalina surgió por todo su cuerpo y también el mío, cuando tuvimos cuenta del ataque del salmónido. Fue un susto que nos metió a los dos, otra vez, en ganas. El pez se destrabó del señuelo tras el brutal ataque y aquello fue sólo cuestión de segundos...¡a criar!
LA HORA DE COMER
Se acerca la hora de comer y había que buscar embarcadero. Julio trae todo lo necesario para sobrevivir. Así un camping gas, pan, chorizo, salchichón, unos buenos tomates de la huerta de su suegro en Montejos, cebolla, aceite y vinagre, además de la sal. Yo sólo aportaba la bota de vino de las tres D, de Burgos, con buen tinto de Rioja, dos señores chuletones de ternera, de matanza casera, y un buen trozo de queso de Los Espejos de la Reina, el mejor queso azul, por su cremosidad, al menos para mí.
Encontrado el embarcadero, tras amarrar la embarcación, subimos unos 50 metros por terreno abrupto y pendiente muy pronunciada, hasta llegar a zona arbolada, con buena sombra. Por el camino dejamos la huella y excrementos de corzo y pisadas, también de jabalí. Un poco más arriba vainas de cartuchos del 12, de 36 miligramos de pólvora, que para eso también soy cazador. Seguro que el animal o los animales no tuvieron escapatoria si habían bajado a beber.
A buen recaudo mientras Julio preparaba los chuletones, a mí me tocó preparar la ensalada. La bota de vino siempre presente y fresquita. Fue lo mejor de la jornada hasta ese momento, incluyendo el postre y el café con orujo.
LA JORNADA DE TARDE
La jornada de tarde la iniciamos a eso de las 16,30 horas. Volvimos al currican y, como cebo, volvimos al mismo de la mañana: una cucharilla dorada, Edu del nº 3 y un Rapala color amarillo chillón.
La sonda indicaba poca actividad de los peces. Nos dirigimos hacia la cabecera del pantano, ya que n os encontrábamos casi en la cola y la profundidad era menor.
Estábamos pescando entre los 7 y los 12 metros de profundidad, según Julio, sus tablas y la velocidad elegida, 2 nudos. Otra vez el movimiento de los salmónidos, o cualquier otro tipo de pez, era escaso. De vez en cuando sonaba el pitido característico de la sonda indicando pez o peces. Los más próximos a nuestros señuelos se encontraban muy profundos, entre los 15 y 20 metros, y próximos a zonas donde existen árboles en los fondos. Había más movimiento en la orilla.
Nos encontrábamos a la altura del pueblo de Sandín. A lo lejos la torre de la iglesia y las primeras viviendas. Con los prismáticos divisamos a familias completas bajando hacia la pequeña playa que se formaba, después de una pequeña pradería. Tocaba baño familiar y casi nos estaban dando envidia. La temperatura del agua, según la sonda, marcaba 22,1º. Lo justo para remojarse y estar toda la tarde sin salir del agua. Con razón los peces se encontraban a mucha profundidad, donde las aguas estarían más fresquitas.
Las dos cañas montadas para el currican continuaban en su sitio, sin que los cascabeles sonasen. ¿Qué hacemos? Seguir rumbo a la cabecera del embalse.
Pasada la zona de la playa de Sandín, Julio nota algo en una de las dos cañas. El cascabel no había sonado, pero la caña se curvaba demasiado. La coge con la mano y es cuando da el aviso de que viene pieza. ¡Es grande, es grande...! apunta Julio. La sacadera estaba sin preparar, así que me apunta que la prepare. Mientras ajustaba el mango a la zona de la red, Julio decía que la iba a perder. El pez se había enredado con la otra caña, pero estaba a la vista. Era un hermoso ejemplar de trucha. Como pudimos acercamos la sacadera y, con el enredo y todo, la trucha pasó a buen recaudo. Había que inmortalizar el momento así que me dispuse a manejar mi cámara fotográfica y a sacar una, dos, tres... bueno, un montón de fotografías.

Después llegó el momento del pesaje y la medición. La trucha dío, justo, 1,5 kilogramos en la báscula y medía 55 centímetros. Era hermosa, como se puede comprobar, con una librea muy bien marcada y de colores negros y rojos muy pronunciados. Trucha autóctona, linaje Duero Norte y de la línea clásica del río Tera. Hermosa de verdad. Había entrado a la cucharilla amaestrada, que dice Julio, por su amigo “El gallego”, Ponchi. Eran las 18,35 horas y ya teníamos un ejemplar. Pobre bagaje.

Continuamos hacia la cabecera o muro de la presa pescando al currican cuando Julio me anuncia una eclosión importante de hormigas. Las aguas del embalse estaban cubriéndose de hormiga común alada. Nunca había visto algo igual. La emoción nos invadió de repente cuando vimos la primera cebada. Después otro, y otra.... y ¡madre de Dios! Nunca había visto nada igual. Nos comían las truchas, así que montamos las cañas de lance ligero y nos dispusimos a pescar alguna, si querían entrar a Rapala. No teníamos, curiosamente, ni una mala mosca que poner en las cañas. Se habían quedado todas en León. Por si al Rapala no entraban, yo puse una cucharilla dorada del nº 2.

Las aguas del embalse parecían que estaban hirviendo. ¡Glup, glup, glup...! Todo lo que aquí estoy narrando es poco, muy poco comparado con la realidad. En los más de 30 años de pescador de truchas nunca había visto algo semejante y, por increíble que parezca, no tropezamos, ni por casualidad, con una trucha que quisiera tomar nuestros señuelos.
Aunque el cebadero duró casi una hora, de 20 a 21 horas, no fuimos capaces de conseguir un pez, aunque si vimos hermosos ejemplares de kilo para arriba. ¿Dónde estaban tal cantidad de salmónidos que ni siquiera la sonda nos daba cuenta de ellos a lo largo de toda la jornada? Vamos, que Cernadilla tiene, en su seno, truchas, mucha cantidad de truchas, que salieron a la caída de la tarde y que continuaron cebándose hasta el oscurecer, a razón de los chapoteos, ya que verlas ya nos la veíamos, pero las oíamos. Nos encontrábamos en la orilla, en el embarcadero sacando la embarcación del agua y volviéndola a colocar en el remolque.
LA NOCHE SE NOS ECHA ENCIMA
La noche se nos echó encima y con las linternas pudimos terminar la operación de anclaje de seguridad de la embarcación para partir, de vuelta, a León.
Atrás dejamos una jornada de pesca en el embalse de Cernadilla, con una solitaria captura, pero con un recuerdo en la retina que no se nos olvidará jamás. Cernadilla fue un hervidero de truchas cebándose a la hormiga común y, aunque el verlas fue hermoso, también fue un martirio no tener ni una sola mosca a nuestro alcance para poder trabar alguno de aquellos cientos de truchas que vimos comiendo sobre sus aguas.
Conclusión: este embalse tiene mucho salmónido, aunque a lo largo del día parezca muerto y cada vez es más cierto que, como los humanos a alguna hora tenemos que comer, a los peces en general les ocurre lo mismo, por lo que la perseverancia y sobre todo la preparación del pescador es imprescindible para conseguir buenas capturas. Que no les ocurra como a nosotros. Lleven siempre todo tipo de cebos y, prueben que, alguno de ellos comerán las pintonas de Cernadilla.